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miércoles, 19 de octubre de 2011

Sonrisa ladeada

Hola a todos:

Hoy quiero compartir con ustedes un pequeño relato que acabo de escribir. Es probable que con el paso de los días lo vaya corrigiendo pero quería compartirlo con ustedes sin filtro para ver que les parece.

Lucía López vive en un pueblito rodeado de sierras y altos árboles desde hace cuatro años. Cuando llegó a este paradisíaco lugar no lo apreciaba demasiado. Mudarse desde una gran ciudad a una población tan reducida y atrasada en tecnología no le hizo demasiada gracia. Ella y sus padres se trasladaron a su nuevo hogar por razones de salud, su papá sufría asma y los médicos le recomendaron este pueblo, ya que el clima era muy propicio para que el tratamiento surtiera efecto e incluso sintiera una gran mejoría. La verdad es que su padre al día de hoy ya no tiene problemas respiratorios de ninguna índole. 
La muchacha se encontró muy sola en este poblado cuando llegó, a pesar de tener una excelente relación con sus progenitores, ella extrañaba a sus amigos y los espacios comunes que compartía con ellos. Pero la buena disposición, la paciencia y la simpatía de Lucía hicieron que poco a poco se sintiera parte de la pequeña comunidad y encontrara buenas amistades. Entre ellas puedo contarme yo, aunque al principio nos costó entablar relación debido a nuestra diferencia de edad.
La muchacha de la que hablo es delgada, alta, con largo cabello castaño ondulado, tiene ojos grises y un cutis de fácil bronceado. Es muy amable, simpática, inteligente y solidaria.
La vida de Lucía, en estos años que ha estado viviendo con su familia en el poblado serrano, ha sido apacible y transformadora. Los encantos del paisaje, la fauna y flora, el clima y las personas han hecho que ella cambiara su percepción del pueblo gratamente desde su llegada. En la gran ciudad a veces estaba de mal humor o se cansaba mucho, porque la vida allí era acelerada, en cambio aquí el tiempo transcurre de manera armónica y alcanza para realizar los quehaceres diarios sin alterarse.
Yo la conocí a pocos días de su arribo, siempre me saludó con educación y cordialidad, a pesar de que ya soy mayor y no podíamos llegar a tener nada en común. Pero con el tiempo supimos encontrar agradable y constructiva la mutua compañía. A mí me gusta verla pasar por delante de mi casa porque me recuerda a mí cuando tenía su edad. Me da una grata nostalgia recordar mi adolescencia en este mi querido pueblo.
Sé que Lucía nunca discutió con nadie de por aquí ni supe de persona alguna que la mirara con recelo. Pero hace dos semanas la joven tuvo un problema en un músculo facial de su bello rostro y cuando sonríe su sonrisa se ladea hacia el costado derecho. La verdad es que solo noto su defecto cuando la veo sonreír porque de otro modo no se detecta deformación alguna en sus facciones. Ella no está preocupada por ello, según el médico que la vio en la ciudad más cercana, es una contracción pasajera que puede haber sido fruto de algún momento estresante que haya vivido recientemente.
Las vivencias cotidianas de Lucía no podrían haberle causado el daño. Pero una tarde de sábado mientras ella ascendía con un grupo de chicos y chicas del pueblo por una ladera de la sierra más alta, una víbora se enredó en su pie y la hizo trastabillar y golpearse un hombro contra una roca. El golpe no provocó más que un poco de dolor y un moretón, pero el ver al reptil enrollado en su pie fue algo que le produjo un susto muy grande. -"Su carita se volvió blanca como el papel y empezó a sollozar."- me había comentado Alicia, una de las amigas de la joven. En un pueblo chico todo se sabe y todos supimos por boca de los chicos lo que había pasado. Uno de los muchachos desenroscó al inofensivo animal de su tobillo (las víboras de esta zona no son venenosas), tomó a la joven entre sus brazos y la ayudó a descender. Todos los participantes de la aventura siguieron a la pareja hasta la casa de la familia López. La única secuela importante del pequeño o gran accidente, según el punto de vista con que se mire, apareció dos días después de lo sucedido. Una mañana cuando estaba desayunando con su mamá, su padre ya había salido hacia su trabajo en el campo de los Guzmán, Lucía ante un comentario de Marta sonrió. Cuando lo hizo, la blonda mujer se quedó paralizada por la sorpresa. Así fue como a la mañana siguiente partieron a visitar al doctor Prado. 
La cuestión es que la sonrisa ladeada de Lucía comenzó a traerle algunos inconvenientes, no con las personas que la conocemos bien, sino con aquellos pobladores que no tratan con los adolescentes, con algunos niños y sobre todo con la anciana Mariela. Muchas de estas personas han comentado: -Esa chica siempre me sonríe con soberbia.-; -La hija de los López es un poco maleducada.-; -La muchacha Lucía es una amargada, nunca sonríe.-
La pobre chica era juzgada tanto si mostraba su sonrisa como si no lo hacía. Además los niños más pilluelos se burlaban de su mueca. Sólo sus padres, amigos y vecinos más cercanos encontrábamos encantador su modo de sonreír.
Lucía como es paciente y amable y, además muy querida por la mayoría de los habitantes, hacía caso omiso de los desplantes y las habladurías. Pero la anciana Mariela fue la gota que rebalsó el vaso y, quien logró hacer sentir muy mal a Lucía y a maldecir a su estúpido modo de sonreír.
La señora en cuestión vive en la casa que queda al lado de la panadería de José Juanes, muchos la han tildado de loca o chiflada. Vive sola aunque nunca la hemos dejado de ayudar y acompañar si se encontraba mal de salud. Los que la conocemos desde hace años simplemente "la corremos para el lado que dispara", como se dice habitualmente por aquí. En cambio los niños y los jóvenes la ignoran por completo y debido a su malhumor ni siquiera osan burlarse de ella. La verdad es que Lucía tampoco era la excepción, incluso evitaba pasar delante de su casa porque no le gustaba el modo en que la miraba. Seguramente la desdichada mujer envidiara la belleza de la muchacha, porque se cuenta que su novio de la juventud, al que ella amaba, la abandonó por una mujer muy bella. 
Un día que lloviznaba Lucía, para mojarse lo menos posible, tomó el camino más corto para comprar bizcochos y pasó delante de la vivienda de Mariela. La señora estaba barriendo la vereda y de manera inesperada saludó a la joven con la mano. Como la chica es educada y amable, levantó la mano y le sonrió. Y ahí comenzó el dilema. La anciana al ver la sonrisa ladeada se transformó. Suponemos que ha de haber imaginado en la cara de Lucía a la mujer que le arrebató a su hombre, dedicándole una mueca soberbia y burlona, es la única explicación lógica que encontramos a la reacción que tuvo. Mariela se dirigió con pasos enérgicos a donde se había detenido Lucía para devolverle el saludo, tomó la escoba con ambas manos e intentó golpearla a la vez que le gritaba: -Maldita bruja. Nadie se ríe de mí.- La asustada chica esquivó los golpes con habilidad y rapidez debido a su juventud, y con los ojos desmesuradamente abiertos por la desagradable actitud de la anciana echó a correr en dirección opuesta a la panadería, regresó para el lado de su casa.
Estaba tan desorientada por la situación que equivocó la entrada y se precipitó dentro de mi living. Las puertas de las casas al igual que las ventanas permanecían sin llave ni trabas porque el pueblo estaba libre de robos, al menos por el momento. Imaginen mi sorpresa cuando la encontré sentada en mi sillón respirando agitadamente y despotricando con la cara entre sus manos. Le pregunté con calma qué le había sucedido y, mientras le acariciaba con ternura la espalda me lo contó. Me disgusté mucho con la avejentada mujer y estuve de acuerdo con Lucía en que no podía seguir así la situación con respecto a su sonrisa ladeada. Entre las dos, mientras tomábamos mate y comíamos las galletas de miel que yo había horneado, ideamos una solución.
Desde ese día en que Mariela la increpó con su escoba, hasta que sus facciones retomaron la normalidad a finales de ese año, Lucía llevaba en el bolsillo trasero de su pantalón un pequeño y antiguo antifaz mío, de los que se sostenían con un palito delante de la cara. Le pegamos encima una hermosa sonrisa que recortamos de la cara de una hermosa modelo que encontramos en una revista y, cuando se cruzaba con las personas a las que les molestaba su mueca ladeada, se colocaba delante de la boca con mucha pericia el artilugio que ideamos una lluviosa tarde de agosto.
(Dolly Gerasol 2011 - Todos los derechos reservados - All rights reserved


Espero que les guste.
Saludos a todos.
                                                                                                                   Dolly Gerasol