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martes, 15 de octubre de 2013

Novedades literarias 24

Hola a todos:


Comparto con ustedes información acerca de otros dos libros que descubrí a través de Facebook.



"Lo inesperado" de Rebecca Van Winter



Sinopsis: Yaiza, un nuevo emerger, una nueva era, un nuevo dogma para una sociedad que pide a gritos cambiar y unos estamentos convenientemente sordos, caducos, ocultistas y mentirosos.
Nuestro planeta lleva siglos esperando…
Yaiza, una mujer, cautivadora, sabia, carismática, arcana, compartirá su destino, su mayor enigma con toda la humanidad. Removerá, al mismo tiempo, cimientos sociales, políticos, científicos y, sobre todo, religiosos, anquilosados y adormecidos en una sociedad que pide a gritos cambiar. Mientras esto sucede, unirá de la manera más inesperada a todos los personajes a pesar del tiempo y del espacio. 
Sueños inquietantes, unen a dos personas. Tiempo y espacio…diferentes.
William Hank, agente secreto asignado a la protección del Presidente de los Estados Unidos de America, Barak Obama, sueña noche tras noche que atentan contra su protegido.
Javier Álvarez, desde España, contempla, siente, ve en un tiempo anterior y de una manera no convencional a varias personas fraguando un atentado contra el Presidente Barak Obama.
La recesión económica arrasa con todo… solo sobrevive el amor.
Marian y Javier pierden todo cuanto poseen en una recesión económica despiadada que no entiende de raza, credo, profesión ni lugar. Solos sin trabajo, sin familia… ¡Ay la familia! Cuánto los quisieron cuando hubo dinero, cuánto los despreciaron cuando este les faltó. Sus únicos pilares para salir del pozo donde se encuentran, el amor, la esperanza, la fe y ella…


"La púrpura negra" de Luis Murillo


Sinopsis: Muere en Roma el Papa. El colegio cardenalicio, dividido profundamente entre conservadores y progresistas, no se pone de acuerdo a la hora de elegir al nuevo Pontífice. Finalmente, coinciden en votar una candidatura de compromiso en la persona de monseñor Mendoza, primado de la Iglesia argentina.
La elección papal impacta brutalmente en el ánimo del cardenal Mendoza ya que tenía decidido abandonar su condición eclesiástica al finalizar el cónclave. Una decisión motivada por una grave crisis de fe, agudizada al haberse enamorado de una galerista de arte italiana. El purpurado argentino ve la mano de Dios en la decisión de los cardenales y acepta el Papado adoptando el nombre de Adriano VII.
Durante la misa inaugural de su Pontificado, pronuncia una homilía que supone una refundación del catolicismo. En ella expresa su decisión de democratizar la Iglesia, vender sus riquezas para erradicar el hambre del mundo, despenalizar los anticonceptivos, aceptar el divorcio católico y el matrimonio homosexual, así como abolir el celibato obligatorio de los sacerdotes. Y en un discurso posterior, se alinea abiertamente con Estados Unidos en contra del fundamentalismo islámico y del radicalismo marxista del eje bolivariano, los cuales amenazan a la civilización occidental ante la pasividad de las democracias europeas.
Las decisiones morales y políticas de Adriano VII generan un auténtico terremoto, no sólo en la Iglesia, sino también en el terreno de la política internacional. Su firmeza le crea numerosos enemigos e, irremediablemente, surgen varias conspiraciones para matarlo. Planes de asesinato que intentarán abortar el escritor español Dan Foster, un monseñor ex-agente de la CIA y la mujer que está enamorada del Papa.
LA PÚRPURA NEGRA es un apasionante thriller de misterio que aúna de manera admirable entretenimiento y calidad literaria, profundidad ideológica e interés creciente hasta su espectacular desenlace.

"PREÁMBULO
Noviembre de 1148
EL PIADOSO ENFERMO había entrado en agonía a media tarde y desde entonces se había apoderado de él una lacerante pesadilla que no le dejaba morir en paz. El aire no encontraba hueco en sus pulmones y huía enronquecido por la boca entreabierta. De su arrugada frente manaba un sudor frío y la piel del semblante comenzaba a adquirir el tinte cerúleo de la muerte.
A su lado, cogiéndole la mano para confortarle en el terrible tránsito al otro mundo, se hallaba Bernardo, su hermano en Cristo, fundador y abad del famoso monasterio francés de Claraval, cuna del resurgimiento de la orden cisterciense en Europa. Aparte del dolor que le causaba ver a su amigo en tan lamentable estado, le intrigaban poderosamente las palabras inconexas y repetitivas que expulsaba su lengua a lomos de unos ronquidos sobrecogedores.
—¡Obnuntio…multitudo… crucifixio… luces… quartadecima…!
—Malaquías… Malaquías, hermano. ¿Queréis decir me algo? ¿Por qué estáis tan inquieto? Tranquilizaos… Muy pronto os hallaréis en brazos de Dios nuestro Señor —intentó serenarlo en vano.
El paciente, Malaquías O’Morgair, arzobispo de Armagh, Irlanda, no dio ningún síntoma de haberle oído y continuó con los estertores que llagaban su reseca garganta escupiendo siempre las mismas y obsesivas palabras.
—¡Obnuntio…multitudo… crucifixio… luces… quartadecima…!
La estancia donde agonizaba el prelado irlandés era una austera celda, de unos veinte metros cuadrados, a la que de día prestaba luz un profundo y angosto ventanuco defendido por dos barrotes de hierro amortajados por la herrumbre de la intemperie. Debajo de él había una mesa de trabajo, de cuarterones de roble, acompañada de un sillón de la misma madera con el asiento confeccionado con tiras de piel de vaca. La cama, de encina centenaria, tenía en la cabecera un crucifijo de hierro y, en el lado derecho, dos sillas y una mesita de noche; sobre ésta ardía un grueso cirio, cuyo tembloroso pabilo proyectaba sombras fantasmagóricas por las carcomidas vigas del techo.
—¡Obnuntio…multitudo… crucifixio… luces… quartadecima…!
Esta secuencia de cinco palabras, como un macabro salmo, se repetía una y otra vez durante horas y horas. Palabras que llegaban hasta la capilla del monasterio, contigua a la celda del enfermo, donde ininterrumpidamente dos hermanos encomendaban a Dios el alma del venerable arzobispo O’Morgair.
Al anochecer, ante la extrema gravedad de Malaquías, mandaron llamar a Celestine de Saint-Alban, el galeno del pueblo, un individuo de rostro cejijunto y melena retinta. Tras examinarle los ojos izando con los dedos sus cárdenos párpados, posó las manos sobre su huesuda y macilenta frente, acercó el oído al renqueante corazón del moribundo y, por último, apartó la manta para observar la sintomática negrura de sus esqueléticos pies. Por último miró al abad y le auguró con gesto torvo:
—Padre…, le quedan horas… Muy pocas horas…
Bernardo asintió con la cabeza al tiempo que se mesaba la frondosa barba y alguna lágrima se enredaba en sus pestañas.
—Está sufriendo mucho… Si ha sido pecador, el dolor le purificará para llegar limpio al juicio de Dios… —expresó Celestine.
—¡No, no, al contrario, es un santo varón! Toda su vida ha estado impregnada de buenas obras. Es un obispo irlandés con fama de taumaturgo, muy querido por sus feligreses, y Dios le ha concedido, además, dotes proféticas. Hace once días, cuando llegó aquí camino de Roma, ya enfermo, él mismo me anunció que se iría con el Señor el día 2 de noviembre…
—Faltan muy pocas horas para que sea 2 de noviembre—puntualizó el galeno.
—¿Podemos aliviarle los dolores que le están torturando?
—Sí. Me acercaré a la cocina para prepararle un brebaje. Le suavizará los padecimientos hasta que su corazón se duerma para siempre.
Cuando el médico abandonó el convento, aproximadamente a las ocho y media de la tarde, Malaquías entró en un estado de relajado sopor. Su respiración se volvió más serena, los pulmones apelmazados apenas silbaban y los ronquidos se oían más pausados. Pero no dejaba de proferir…
—¡Obnuntio… multitudo… crucifixio…luces… quartadecima…!
Y poco después volvía a repetir…
—¡Obnuntio…multitudo… crucifixio… luces… quartadecima…!
Y así sin descanso hasta que, minutos antes de la medianoche, abrió sus acuosos ojos y, mirando a su amigo y anfitrión Bernardo, le señaló la mesa situada bajo el ventanuco con ademanes inequívocos de querer levantarse e ir hacia ella. El abad no comprendía nada pero, ante la insistencia de su amarillenta y temblorosa mano, le ayudó a incorporarse y a caminar hasta el escritorio.
Una vez que el enfermo tomó asiento en el sillón de roble con un doloroso crujido de sus articulaciones, Bernardo de Claraval le acercó el cirio y descubrió sobre la mesa cuatro pergaminos escritos por ambas caras. El anverso de cada uno contenía una oración a la Virgen y el reverso un párrafo de tres líneas precedidas por un número y por un breve título, deduciendo el abad que todos aquellos textos habían sido redactados por Malaquías durante su enfermedad. Al lado de los pergaminos descansaba una hermosa pluma roja de pavo real, erecta sobre un cuenco de barro cocido conteniendo tinta negra elaborada con polvo de carboncillo, agua hervida de lluvia y fijador de resina de almendro.
El profeta irlandés fijó con intensidad la mirada en la negra noche del ventanuco y algún tiempo más tarde, empuñando la pluma de ave, la mojó en el tintero y escribió debajo de uno de los párrafos las cinco palabras que tanto le obsesionaban. Pero con la particularidad de que las cuatro “oes” que contenían las trazó claramente con un tamaño más grueso y más grande que el resto de letras y, además, ordenadas de menor a mayor diámetro.
—obnuntio… multitudo… crucifixio… luces… quartadecima…
Al concluir la escritura, Bernardo de Claraval le ayudó a volver a la cama. Ya en ésta, la tensión desapareció del rostro del augusto enfermo, apoyó la cabeza sobre la almohada de heno, dedicó a su amigo una sonrisa de agradecimiento y le tendió la mano en un inequívoco gesto de despedida.
Luego cerró los ojos.
Pocos segundos después se cerró su corazón.
Eran los primeros minutos del nuevo día. Concretamente, del 2 de noviembre, año del Señor de 1148."

Ambos parecen libros muy interesantes... ¿Han leído alguno de ellos? ¿Qué opinan?
Saludos a todos.
                                                                                                                 
                                                                                  Dolly Gerasol