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lunes, 26 de marzo de 2012

Proyecto Marzo 2012: La frase

Hola a todos:
Voy a compartir con ustedes el relato que hice cumpliendo con el proyecto del mes del grupo Adictos a la Escritura. La consigna era la siguiente:  primero los participantes propondrán frases, luego se someterán a sorteo y cada autor tendrá que realizar su escrito incluyendo la frase que le tocó. La que me asignaron a mí fue: “Llevaba tres años viviendo en aquel piso destartalado, de decoración imposible y de arquitectura diseñada por alguien ciego, sordo y sin brazos”.
A continuación podrán leer lo que resultó ;)

BUSCANDO ALQUILER




El diario del día reposaba, con sus monocromáticas páginas desparramadas, al costado de mi taza de café. Con los ojos aún dormidos intentaba leer los anuncios de la sección de alquileres. Llevaba tres años viviendo en aquel piso destartalado, de decoración imposible y de arquitectura diseñada por alguien ciego, sordo y sin brazos. Era tiempo de generar un cambio, por eso hacía una semana que recorría la ciudad visitando posibles casas o departamentos para alojarme.
Cuando terminé el desayuno, recogí las hojas que me interesaban y las metí con apuro dentro del portafolio que contenía el informe para mi jefe. Siempre salía a las corridas en la mañana, me costaba despertarme y no podía irme sin antes beber una taza de café.
Un caos vehicular me impidió llegar con los habituales cinco minutos de antelación y llegué pasadas las ocho. Mi jefe ya había preguntado por mí. Saludé agitando la mano a mis dos compañeras de sección y corrí a dejar mi saco y cartera en mi escritorio. Tomé apresuradamente la carpeta con la documentación y en el descuido se me cayeron las hojas del periódico en la alfombra. Allí quedaron, luego las recogería.
Me dirigí al segundo piso, donde el señor Fizt tenía su despacho, en el pasillo me crucé con un hombre que no había visto nunca. Alto, delgado, tez morena, ojos café, cabello rubio ondulado, ropa informal y un tanto descuidada. Mientras lo observaba casi me di de narices con la puerta de roble de la gerencia. No me explico por qué me quedé prendada de su figura, el joven no destacaba por exótico o demasiado atractivo. Tal vez mi sexto sentido me hizo prestarle atención.
Luego de la impresión recibida con la visión de aquel hombre, me reuní con el gerente. Pasada casi una hora me retiré conforme con el resultado de mi trabajo y me encaminé a mi oficina. Previamente me serví una taza de café. Con el cálido líquido en mi mano izquierda, tomé el picaporte con la derecha, por lo que entré de espaldas. Debido a ello no me percaté que alguien estaba cómodamente sentado en el sofá al lado de la ventana. Me quedé paralizada y sorprendida. “¿Qué hace este hombre de nuevo frente a mí y en mi oficina? ¿Será un empleado nuevo? Y… ¿qué hace con mi periódico?” Como yo no atinaba a hacer otra cosa que no fuera cavilar en mis pensamientos, el visitante inesperado, escrutándome con sus ojos café, tomó la palabra. —Señorita… Douglas… Disculpe la intromisión. Al entrar a chequear el funcionamiento de la calefacción encontré sus notas en el suelo y, perdone el atrevimiento, las leí.— En tono sumiso y sin dejar de mirarme a los ojos, continuó. —Si está buscando apartamento, puedo ayudarla.—
Lentamente la normalidad se apoderó de mi mente y cuerpo y respondí: —No sé quién es usted, pero le agradecería que no volviera a entrar aquí sin mi autorización.— No sé por qué estaba tan enfadada de recibir la visita de tan enigmático sujeto, pero aún así le arrebaté las hojas de diario de las manos con brusquedad.
Tenía mi edad o al menos aparentaba unos veinticinco años. Pensaría que yo era mayor porque me hablaba como si él fuera un chiquillo y yo una señora adulta. —Lo siento. No volverá a suceder.— Tomó sus herramientas y se retiró, no sin antes dejarme una tarjeta de identificación.
Me dejé caer en la silla y me sorbí el cálido líquido en dos largos tragos, como si fuera un vaso de whisky que lograría relajarme. Luego leí su credencial: Frank Hughes – Técnico en sistemas de calefacción y refrigeración, y la arrojé con descuido en un cajón. Continué con mis tareas y me olvidé del tema.

Por la tarde ninguno de los tres departamentos que visité me convenció. La tolerancia a seguir viviendo en la pocilga actual ya estaba en su límite máximo, por mi salud mental y física tenía que alquilar otro lugar con urgencia. Luego de la última recorrida me dirigí a mi casa caminando distraídamente, meditando acerca de mi situación y rememorando los edificios que me habían recomendado, con la esperanza de que alguno de ellos fuera el indicado.
Detrás de mí oí el sonido de pasos repiqueteando en las baldosas. Esto hizo que volviera a la realidad y abandonara mis maquinaciones mentales. No estaba oscuro del todo pero en la cuadra no había negocios abiertos ni gente caminando, tenía que mantenerme alerta. De pronto sentí que alguien susurraba mi nombre y me giré para ver quién era. Repentinamente, quien me seguía y yo, quedamos con nuestras caras a un palmo de distancia y nuestras respiraciones se mezclaron con el frío aire del anochecer.
Frank Hughes no iba a permitir que su desquiciado amigo de la infancia implosionase el edificio donde vivía su peor enemigo y por ende también un montón de personas inocentes, entre ellas la seductora y dulce Hannah. Él estaba haciendo hasta lo imposible para detenerlo pero si no lo lograba, quería al menos salvar la vida de los implicados.
Frank conoció a la distancia a Hannah y quedó prendado de ella desde el primer día que la vio en la empresa donde acudía a realizar reparaciones de vez en cuando. La joven nunca le dirigió ni siquiera una mirada. Cuando él investigaba a su peligroso amigo descubrió que ella vivía en el desvencijado inmueble que pronto podría desvanecerse. Frente a la indiferencia por parte de ella había decidido esa mañana enfrentarla, pero su carácter y belleza lo amedrentaron y paralizaron, de modo que no pudo decirle más que unas pocas palabras. Aquella tarde se armó de coraje y decidió seguirla porque tenía que advertirla con urgencia. Transcurridos unos segundos Frank logró decir: —Señorita Douglas, déjeme ayudarla. Antes del sábado debe abandonar el lugar donde vive porque algo grave va a suceder allí y no quiero que salga lastimada o, peor aún, muera.—
Un súbito escalofrío sumado a un incesante temblor en las piernas fue la reacción de Hannah a lo que acababa de oír. No tuvo fuerzas para correr ni gritar, ni siquiera para hablar. No le temía a él sino al terrible pronóstico que se avecinaba. Frank la tomó de la cintura y con delicadeza la ayudó a sentarse en el cordón de la vereda. Ella estaba pálida y parecía a punto de desmayarse.
Intentando calmarla dijo: —No quiero asustarte, sólo quiero protegerte. Intenté conversar contigo en tu oficina pero no aceptaste mi ofrecimiento y te deshiciste de mí.—
Los engranajes de la mente de la joven comenzaron a despabilarse, a pesar del susto y la confusión supo que debía confiar en él. Algo en su mirada le decía que si no aceptaba su ayuda ya no habría vuelta atrás y tal vez ni siquiera viviera para arrepentirse. Debía hacerle caso al sexto sentido que esa mañana le hizo reparar en él de manera desconcertante.

Pasados varios días Frank consiguió un departamento acorde a las expectativas de Hannah y la ayudó con la mudanza. Luego juntos lograron detener al maníaco amigo de Frank y denunciarlo a las autoridades.
Ahora restaba comenzar de nuevo y darse ambos la oportunidad de conocerse. Por lo que, cuando salían de la comisaría, con picardía él le dijo: —Hola, mi nombre es Frank Hughes. ¿Puedo invitarte a tomar un café?— Ella asintió con una cálida sonrisa y agregó para seguirle el juego: —Gracias por la invitación. Yo soy Hannah Douglas.— Luego de estas palabras, conversando animadamente, se encaminaron a un nuevo comienzo, juntos...
(Dolly Gerasol 2012 - Todos los derechos reservados - All rights reserved)

Espero que les haya gustado. Gracias por leerme.
Saludos a todos.
                                                                                                            Dolly Gerasol