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martes, 8 de mayo de 2012

El avión

Hola a todos:

Quiero compartir con ustedes un nuevo relato que he escrito y que realmente me gusta mucho.


EL AVION
En lo alto de una ladera rodeada por inmensos cipreses estaba la cabaña. En ella vivía, hacía ya más de treinta años, un ser humano especialmente ermitaño.
Este hombre se ocultaba de la civilización por propia voluntad (y no era repudiado ni aislado por ésta). Las experiencias vividas, dramáticas y dolorosas, le ofrecieron ese lugar como refugio. La pequeña casa construida con sus propias manos era su santuario. A pesar de las inclemencias del clima que azotaba la región, maderas y piedras, cuidadosamente incrustadas, resistían.
Esa mañana, el fuego crepitaba en la modesta chimenea envolviendo a la única silueta en una cálida atmósfera. A pesar de ello, una sombría soledad impregnaba cada célula de su cuerpo.
Las tareas cotidianas que ocupaban su conciencia eran: cortar leña, asear su hogar, cocinar y resolver cálculos matemáticos de variada complejidad; así se desarrollaba su apacible existencia.
El letargo social y el aislamiento obraron milagros en su atormentada mente y poco a poco fue enterrando los recuerdos del pasado. Su cabaña era su mundo y ni siquiera observaba el paisaje que lo rodeaba cuando salía a cortar leña o iba al pueblo.
Una vez al mes, con mucho esfuerzo, interactuaba con algunas personas del poblado más cercano. Cobraba una pensión y compraba todos los víveres y productos que necesitaba para cubrir sus necesidades. Al final de la ardua tarea adquiría cuadernos y lápices en la librería. Era sustancial para él tener dónde y con qué ejercitar los cálculos matemáticos que ocupaban su capacidad cerebral y lo mantenían abstraído del mundo.
Una mañana primaveral, al regresar del pueblo, el ermitaño tuvo que tomar un camino diferente al habitual. Era una persona muy metódica y no le gustaba alterar sus costumbres. Su humor se tornó más agrio de lo normal cuando encontró el estrecho sendero ocupado por una carreta repleta de ovejas. Para colmo de males, cuatro pastores las ayudaban a descender para pastar en ese sector. No le gustaba cruzarse con nadie y menos dialogar, al menos que fuera por suprema necesidad (no era el caso). Cuando se desvió de su ruta preferida, luego de avanzar varios kilómetros, se topó con un artefacto metálico y de grandes proporciones. Sus aletargados sentidos tardaron varios minutos en reaccionar a la sorpresiva visión. Un sudor frío recorrió la columna vertebral del hombre y temblando como una hoja se acercó hasta sentir bajo la palma de su mano el duro acero. Entonces no percibió por qué sintió miedo, sólo eran los restos de un avión, corroídos por el óxido y el tiempo. Tampoco supo por qué la necesidad de posar su mano allí. Casi sin darse cuenta dejó las bolsas en el pasto y comenzó a rodear el avión palpando cada centímetro de su estructura. Cualquiera que lo viera confirmaría sus sospechas de que la locura asolaba al pobre anciano. Debido al esfuerzo físico de la caminata y a las fuertes sensaciones que lo acosaban se sentó en una roca a recuperar aliento. Luego de un rato, apresuró el paso hacia su casa.
Aquel dormido gigante metálico despertó en el ermitaño tormentosos recuerdos, pedazos de vivencias que se le presentaron en sueños esa misma noche. Él había sido un excelso piloto de la armada. La misma guerra que lo colmó de honores por su destreza y coraje, le quitó: sus seres queridos, sus esperanzas y sueños, lo convirtió en un ser vacío de sentimientos.
Al amanecer los nervios del hombre estaban a flor de piel, sus pulsaciones corrían desbocadas y no podía concentrarse en las matemáticas. Maldiciendo con furia tomó su abrigo de cuero y con la hombría que lo caracterizó antaño fue a enfrentar al artefacto. El viento, fresco y húmedo, soplaba con variada intensidad. Los pulmones del ermitaño se llenaron súbitamente de aquel aire puro de montaña y llegó sin agitarse al lugar del avión. Volvió a recorrer con sus manos la carcasa y luego recogió la hélice semi oculta entre los pastizales. Tardó unos cuantos minutos en desenterrarla. La tomó entre sus huesudos y frágiles dedos y limpió los restos de tierra adherida. Algo en su interior lo empujaba a colocar el objeto en el lugar correcto. Cuando al fin logró encastrarlo, lo giró y cuando lo hizo todo él se convulsionó. Las imágenes del pasado sucedieron sin descanso, el rompecabezas de sus recuerdos fue encajando sus piezas hasta hacerse claramente visible. El ermitaño comenzó a llorar con crudeza y desesperación, lloró por lo que fue, por lo que no pudo ser, por todos los seres queridos enterrados (tanto en tierra como en su memoria y su corazón), por añorar a las únicas personas amadas y perdidas; finalmente lloró al no poder volar por última vez un avión.
Con la última lágrima asomó una brillante idea. Los días sucesivos los dedicó a reacondicionar la antigua aeronave. Cuando ésta quedó limpia de barro y hierbas decidió que había llegado el día. Recogió de su cabaña sus preciados cuadernos de ejercicios, sus adorados gorro y anteojos de aviador sepultados en un viejo baúl, un pedazo de pastel de verduras y abandonó su santuario.
Corrió hasta el avión, ató un extremo de una gruesa cuerda a la parte más firme de la estructura de acero y el otro a una gran roca al borde del altísimo precipicio. Cuando se aseguró que estaban firmes en sus sitios empujó la masa de piedra hasta que quedó oscilando (contaba con unos minutos antes que ésta se desplomara barranca abajo).
Tranquilo y en paz, acomodó su sombría soledad en la raída cabina del avión y se dejó llevar…
(Dolly Gerasol 2012 - All rights reserved)

Espero lo hayan disfrutado tanto como yo. 
Saludos a todos.
                                                                                                                 Dolly Gerasol