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miércoles, 26 de septiembre de 2012

Los juguetes de Katsuo - Episodio XXIII

Hola a todos:

Ha llegado un nuevo episodio. ¡A disfrutarlo!


Los juguetes de Katsuo/Por Dolly Gerasol (obra provisoria)
(Todos los derechos reservados - All rights reserved)

Episodio XXIII


"Luego de perder de vista a Agustina, la niña robot regresó al galpón de la calle Ruggieri. Sabía que Katsuo estaría en la terraza, por ello dirigió su delgadas piernas metálicas hacia ahí. Silenciosa y ágil como siempre se acercó a él y se sentó a su lado.
Para Katsuo Tanaka, Geisha era más que un robot creado con inteligencia y tecnología, era su última creación basada en la imagen de la hija que hubiera deseado tener.
Una tragedia había convertido a Katsuo en lo que hoy día era: un hombre que renegaba de los humanos, frío, calculador y en varias ocasiones, cruel. Sólo Geisha conocía la pequeña porción de buenos sentimientos que albergaba el corazón de su creador.
Diez años atrás, una terrible inundación seguida de un tsunami de dimensiones colosales hundió en el mar más de la mitad de Japón, reduciendo al país a una pequeña porción de tierra. Tras esa fatídica venganza de la naturaleza, millones de vidas se perdieron para siempre, entre ellas contaba la esposa de Katsuo, quien murió porque los rescatistas no alcanzaron a sacarla de la casa antes que el agua la sumergiera completamente. Katsuo culpó a ese grupo de hombres por la muerte de Hikari. Él no contaba con medios para sacarla de donde había quedado atrapada y cuando pidió ayuda se la negaron porque estaban resolviendo otros problemas. Katsuo pidió a gritos que salvaran a su esposa, suplicó que le prestaran herramientas y un bote para llegar a ella y se los negaron. En su desesperación, golpeó a dos hombres con una madera gruesa y les robó lo que necesitaba para salvar a Hikari, pero al llegar al lugar ya era demasiado tarde. El agua había barrido la zona. La casa del matrimonio Tanaka había sido arrastrado por la corriente, junto con la vida de la amada esposa de Katsuo.
Hikari era una bella mujer que, en vida, colmó de luz la existencia de su esposo; dejándolo, con su muerte, sumergido en tinieblas. Hikari y Katsuo se conocieron en la Universidad, ambos sentían un cariño especial hacia la robótica y compartían proyectos y ambiciones. La primera de las robots la diseñaron juntos, decidieron que fueran mujeres porque así podían darles nombres de féminas legendarias japonesas, ya que admiraban las historias que contaban sus antepasados acerca de criaturas que habitaron suelo japonés siglos antes que ellos. El traspaso de esas leyendas de generación en generación había disminuido considerablemente a principios del siglo XXI y ambos creyeron que si creaban mujeres robots que rememoraran las leyendas a través del tiempo, la cultura que tanto admiraban no se perdería aunque ellos murieran. Ese sano proyecto habitó en el corazón de Katsuo mientras Hikari estuvo a su lado, luego sus sentimientos se tornaron oscuros y sus ambiciones apuntaron hacia fines non sanctos.
—Geisha, te he dicho que no interrumpas mi soledad –disparó Katsuo cuando Geisha se sentó a su lado.
—Lo siento. Quería escuchar tus instrucciones una vez más, antes de cumplir mi misión de esta noche –dijo con su voz suave y cantarina (Katsuo se había esmerado para darle la voz más hermosa que un robot pudiera poseer).
—Pídele a Izanami que te las repita. No estoy de humor para charlar.
Cuando la mente de Katsuo era invadida por los recuerdos tristes del pasado, su humor se tornaba más agrio de lo habitual y aislándose lograba recuperar cierto equilibrio.
—Katsuo… ¿por qué estás así? No te enojes conmigo –suplicó Geisha en un tono tan humano que el propio Katsuo se sobresaltó.
Tanaka miró a su pequeña robot y un pequeño destello de luz brilló en sus ojos oscuros, sólo unos segundos permaneció allí y se diluyó como la débil llama de una vela.
—Vete de aquí, Geisha. Prepárate para hacer tu trabajo y no lo arruines –concluyó Katsuo alejándose de la terraza para regresar al galpón.
La niña robotizada quiso llorar como las niñas de carne y hueso, pero no podía aunque lo deseara, ella no era humana.

Geisha era ágil, liviana y pequeña, estas cualidades la hacían especial para espiar, ocultarse y colarse sin ser vista, por ello le habían asignado la tarea de entrar a la habitación de Agustina y esconder allí la muñeca kokeshi que usarían para testear el funcionamiento de las ondas Konban wa.
La niña robotizada sabía que Agustina estaba en el hall del hotel con su novio y Katsuo pronto entraría distraídamente para que apuntaran su atención hacia él. Genbu e Izanami le habían traspasado las imágenes y la información referida a la seguridad del “Ragguardevole” a Geisha. Esta contaba con todos los datos que necesitaba para colarse y cumplir con éxito su misión sin ser vista.
La habitación de Agustina tenía una decoración delicada y sencilla, no había demasiada tecnología dispuesta en las paredes y techos, ni sobre los muebles, sólo la necesaria para facilitar la vida cotidiana. Geisha estaba acostumbrada a estar rodeada de objetos electrónicos y robotizados, de metales y luces, cables y sensores, radares y rayos de diferentes utilidades, nunca se había sentado en una silla o acostado en una cama.
Como sabía que disponía de tiempo decidió aprovechar la oportunidad. Subió al suave y mullido colchón de Agustina y con cuidado y temor se recostó. Acarició el cobertor verde y chequeó con sus habilidades técnicas el material con que estaban fabricados cada uno de los componentes de la cama. Disponía de información nueva, aunque desconocía si le sería de utilidad, sentía que para ella era importante porque le interesaba. Con sus ojos vidriosos recorrió cada centímetro de la habitación hasta que colmó de imágenes agradables su computadora cerebral.
Katsuo había querido que actuara como una niña, por lo tanto, se abstuvo de programar a Geisha de manera estricta, ella carecía de varias de las habilidades extremas de las demás kokeshi y era imprudente. Debido a la alta seguridad reinante en el hotel, Katsuo no permitió que ninguna de las demás robots estuviera presente mientras Geisha cumplía su misión. Las mujeres robotizadas no estuvieron de acuerdo, pero debieron obedecer a su jefe.

Geisha perdió la noción del tiempo cuando logró abrir el placard de Agustina. Maravillada con la ropa y las pertenencias de la joven, olvidó que disponía de menos de veinte minutos para esconder el juguete, colocar un diminuto sensor, que se desintegraría luego de doce horas, en la almohada de Agustina (para controlar sus ondas cerebrales durante el sueño) y salir sin dejar rastros."


¡Gracias por leerme! ¡Gracias por sus comentarios!
Saludos a todos.
                                                                                                                           Dolly Gerasol