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lunes, 25 de junio de 2012

Proyecto Junio Adictos a la Escritura: Desaliento y esperanza

Hola a todos:

Hoy les traigo un nuevo relato fruto de cumplir las pautas del proyecto de este mes del grupo Adictos a la Escritura. Las bases las pueden leer en este link: Juntos y revueltos. Mi historia debía tener como protagonistas a una enfermera y un profesor de Matemáticas. 

DESALIENTO Y ESPERANZA


Todas las tardes luego de cumplir su horario en la Unidad Sanitaria, Matilda iba a sentarse en un banco de la plaza y daba de comer a las palomas. Vivía sola en un modesto departamento que quedaba a pocas cuadras de allí, no tenía apuro por encerrarse entre cuatro paredes.
Las aves ululaban sin piedad mientras comían los granos de maíz esparcidos sobre las sucias baldosas. Matilda mientras tanto dejaba volar su imaginación y distraía sus inquietudes en las copas de los árboles.
Diez minutos más tarde, la mujer escuchó los gemidos de una persona que se encontraba a pocos metros de donde ella descansaba. Arrojó la última ración de comida a las palomas y guió su paso cansado con lo que sus oídos le trasmitían. Detrás del grueso tronco de un árbol, yacía dolorido un hombre joven, el cual aparentaba la edad de su nieta. Matilda reconoció en la pierna herida del muchacho, una fractura. Segura de sus conocimientos de enfermería tomó cartas en el asunto y lo socorrió. Siempre llevaba en su bolso un surtido de utensilios y suministros para ejercer su profesión en cualquier lugar, ella era enfermera todo el día.
El joven sentía mucho dolor y no reaccionó ante su cercanía. Matilda se dirigió a él con un tono de voz armonioso y suave:
—Si tragas esta píldora, te aliviará y yo podré entablillar tu pierna.
Ella sabía por experiencia que debía trasmitirle calma y distraerlo con una charla que lo enfocara en otra cosa que no fuera su dolor. Luego, agregó:
—Mi nombre es Matilda. ¿Cómo te llamas?
El hombre a duras penas entendió a la señora. Media hora antes, Tomás había recibido una paliza y ahí, en ese rincón húmedo y oscuro de la plaza, quedó tirado. Segundos después, con lentitud y esfuerzo levantó la vista para responder a la mujer con un hilo de voz:
—Yo Tomás…
—Me da gusto conocerte, aunque sea en ésta situación... Yo soy enfermera desde hace veinticinco años, ¿trabajas o estudias?
Mientras conversaba, sus habilidosas manos atendían las heridas.
Conocer la profesión de la señora mejoró su estado y dijo:
—Profesor de Matemáticas. Qué suerte que usted sabe lo que hace…
La mujer hizo una mueca de sonrisa y señaló:
—Mi nieta sabe más que yo, luego iré a buscarla. Ahora, cuéntame la causa de tu dolencia. Dudo mucho que te hayas herido tú solo, ¿qué te pasó?
Matilda sospechaba del grupo de chicos que a menudo se reunía en ese sector de la plaza y que hostigaba a quienes le dirigían la mirada o la palabra.
—Unos chicos… Intenté hablar con ellos, pero no les caí bien. Revolvieron mi mochila…
El fuerte dolor le cortaba la respiración y por mucho que se esforzara no podía seguir con su diálogo. A punto estuvo de desmayarse, pero la destreza de Matilda se lo impidió.
Una vez que la pierna quedó inmovilizada y las heridas bien desinfectadas, Matilda ayudó al joven a pararse sobre la pierna sana y trasladarse al banco de madera más cercano para reposar mientras ella iba en busca de asistencia médica. Temía dejar solo a Tomás, pero ella no era usuaria de teléfonos celulares y la gente que pasaba era muy desconfiada como para ofrecer ayuda a una desconocida.
—Tomás, voy a realizar una llamada. En unos minutos estaré de regreso. No te muevas y respira profundo para relajarte -le tomó sus suaves y delgadas manos entre las suyas surcadas de arrugas y manchadas de desinfectante para reconfortarlo y agregó-; mi nieta es una excelente doctora y vendrá enseguida en una ambulancia del Hospital.
Cuando la enfermera se marchó, Tomás agradeció en silencio que el destino le había enviado a esa buena mujer para rescatarlo y que además fuera enfermera.

Cuando Paula y Matilda llegaron al lugar donde estaba Tomás, lo hallaron perdido en sus pensamientos, pero sin los signos de tormento previos a la atención de la enfermera.
—Hola, Tomás. Soy Paula. Al parecer mi abuela te ha dejado casi nuevo… 
La joven doctora rezumaba simpatía y ternura.
Tomás ante tanta frescura y humanidad no pudo evitar sonreír, a pesar de la pena que lo embargaba.
—Matilda tiene muy buena mano para curar, además de un gran corazón —enfatizó el joven profesor.
—Es la salvadora de las palomas y de las personas en apuros. Eres la tercera víctima de ese grupo de desalmados en lo que va de la semana; mi abuela debería cobrar salario extra… —comentó Paula con tristeza mientras esperaba que un enfermero acomodara a Tomás en la camilla.
Matilda miró a Paula y dijo:
—Me da mucha pena que esos chicos estén en las calles atormentando a la gente. Como ellos no se dejan ayudar, me limito a rescatar a quienes ellos lastiman. Tomás, ¿te acercaste a ellos para conocer las razones que los llevan a actuar así?
—Cuando me encuentro con chicos renegados y sin objetivos en la vida… quiero convertirme en su salvador. Pienso que tal vez les faltó cariño y alguien que se preocupe por ellos…
Los tres nuevos amigos continuaron su charla en la ambulancia mientras trasladaban a Tomás al Hospital para terminar con sus curaciones.

A partir de ese día, en principio oscuro y desalentador, Tomás descubrió que existen seres humanos que mejoran a diario en su humanidad e intentan hacer de este mundo un lugar mejor. Cada uno desde su sitio tiene la oportunidad de aportar su granito de arena…

(Dolly Gerasol 2012 - All rights reserved)

Espero les guste mi relato con moraleja...
Les agradezco, como siempre, por leerme :)
Saludos a todos.
                                                                                                                       Dolly Gerasol